Elogio de la indecisión


- Encantado. Habla el doctor Charreau. La llamo porque quiero ser el primero en darle la noticia. Usted fue seleccionada para el premio estímulo a jóvenes científicos en medicina experimental de la Fundación Bunge y Born.

Entre el asombro y el descreimiento la científica miró la computadora que tenía adelante y aprovechó la aletargada alocución del hombre para tipear frenéticamente en Google “Fundación Bunge y Born”. Enter.

Era un día a fines de mayo y se había enterado, mientras tomaba exámenes de Fisiología y Física Biológica, que el doctor Eduardo Charreau, ex presidente del Conicet la buscaba con urgencia. Era raro, nunca la llamaba. Nunca la había llamado.
Le dijeron que no se despegara del teléfono. Que el doctor se iba a comunicar.
El doctor se comunicó pero ella no entendió demasiado lo que le decía. Sólo le quedó titubear.

- Bueno, no sé... ¿Qué tengo que hacer..? Porque yo no mandé nada.

- No, usted no me entiende. Yo ya sé que no mandó nada... Usted ya ganó el premio –le dijo el hombre.

Cuenta que se quedó dura. Que no sabía qué decir. Que agradeció como pudo y que, antes de cortar, escuchó.

- Se va a poner más contenta cuando sepa el premio que se ganó.

Ennis cortó y se fue. A seguir tomando examen.

***

Tal vez es porque nunca terminó de decidirse a serlo, pero no parece una científica. Ni el blanco inmaculado de su casa, moderna y luminosa, ni el tostado de su piel, ni lo rosa de su imagen familiar tienen que ver con el preconcepto que uno tiene de una científica. Nada, tiene que ver con lo que ella misma imaginaba que era una científica. Pero Irene Lucía Ennis lo es.
Lo confirma su todavía corta pero inmune trayectoria, por la que la acaban de premiar, y su tarea cotidiana como integrante de ese maltratado grupo que conforman los investigadores argentinos. Lo confirma el reconocimiento internacional por sus descubrimientos en torno al agrandamiento del corazón (un desorden que lleva a la muerte a millones de personas en todo el mundo) y los más de 33 trabajos publicados en revistas internacionales.

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El violento color turquesa de los ojos se le enciende aun más cuando cuenta su historia de corrido, sin pausas pero con una cadencia de provincia.
La historia que cuenta es de esas que parecen confirmar que hay un destino preestablecido: Todo en la vida de esta científica del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas Técnicas (Conicet) parece haber conspirado para encausar su zigzagueante andar profesional. Sin tomar muy en cuenta las dudas, los reparos o las incertidumbres que la asaltaban, la vida parece haberse esforzado en marcar su camino. Y para eso, la vida, no ahorró complicidades.
Hace 39 años Irene Ennis llegó a una familia de mamá psicóloga y papá abogado pero a los 17, un test vocacional combinó su pasión por las ciencias exactas con su desagrado por los trabajos solitarios y le sugirió ser médica.
Confiesa que hasta último momento se debatió entre la Medicina y la Bioquímica. Confiesa, que se definió por la Medicina “sin tener la decisión del todo clara”.
La claridad llegaría años después, con una residencia en el Hospital Regional de Mar del Plata. El contacto con los pacientes reales y con ese tipo de sufrimiento que no alcanzan a sugerir los apuntes de facultad le confirmó que eso era lo que quería para su vida: sería médica.

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La casa de Ennis está en un barrio cerrado en las afueras de la ciudad de La Plata. Es blanca, muy blanca. También es luminosa, muy luminosa. Y tiene un parque -pileta de natación, hamacas, tobogán, calesita, casita de madera- que claramente es territorio de los chicos.
Los chicos son muchos. “Un familión”. Amparo, de siete; Bautista, de cinco; Consuelo, de dos y Faustino, de dos meses.
Cortés pero incómoda, Ennis –polera negra, jean gastados, botas negras y cadenita de oro con cuatro caritas- se deja fotografiar en el parque.

- Los vecinos van a pensar: ‘¿A esta qué le pasó que se hace la artista...?’

El único que la mira es “Shot” el labrador color chocolate de la familia. Es difícil saber lo que piensa.
En el playroom de la casa está el único televisor. Está conectado a un reproductor de DVD y a otro de videos pero no tiene señal de cable ni de televisión de aire. El cable lo cortó a fuerza de tijera la misma Irene, cansada de reclamarle a la empresa que le dieran la baja. Ni Ennis ni su marido quieren que sus hijos vean televisión. Los chicos, no parecen tener quejas al respecto. Todo lo contrario.
Cerca del televisor apagado hay una computadora que Ennis se resiste a usar para trabajar. No le gusta trabajar cuando los chicos están en casa.

- Eso es un viaje de ida. Uno empieza y después no hay límite –dice.

En un estante, al costado del televisor y arriba de la computadora, está su título de médica. Está arrollado, sin enmarcar.
Cerca descansa el diploma de la Fundación Bunge y Born. También está arrollado. Y más allá, en un soporte de pana bordó, entre portarretratos con fotos familiares, la medalla del premio “estímulo”.


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La decisión de ser médica no le duró demasiado. La duda volvió a aparecer, con decidida seguridad. Fue Horacio Cingolani, investigador superior del Conicet el que la trajo:

- Hay que ver si la investigación no te gusta más... Me parece que tenés el perfil. Creo que deberías probar...

Y probó. Una beca para la investigación en cardiología, en la Universidad de La Plata, primero, un doctorado después y una beca post doctoral en Biología Molecular en la Johns Hopkins University, en Baltimore, Estados Unidos, parecían confirmar el camino. Pero no. Ennis viajó a Baltimore dudando. La opción definitiva no había sido tomada. La lucha entre la medicina hospitalaria y la investigación se seguía librando. “Cuando vuelvo lo defino”, pensó.

Lo que sí definió antes de viajar fue su proyecto de familia: se casó con el médico Federico Saavedra. Con él quería cumplir el sueño de tener una familia grande. Empezó a agrandarla en Baltimore. Junto con el fin de su beca post doctoral, llegó la confirmación de su primer embarazo. Tiempo después Ennis, su panza, y su marido llegaban a la particular realidad argentina del año 2001.
Esa Navidad y fin de año lo festejaron entre urgencias y accidentados de guardia de hospital. Fueron los mejores argumentos que el destino podía desplegar para ayudarla a decidir.

- Era muy difícil imaginarse una vida de familia trabajando así. Me encantaba pero estaba por tener a mi primera beba y sabía que mi prioridad era la familia. Ahí no había dudas.

Y no dudó: la investigación científica le ofrecía la posibilidad de organizar su vida de madre como ella pretendía, sin urgencias médicas ni guardias. La balanza se inclinaba definitivamente a favor de la investigación.
En 2002 Ennis se presentaba para la carrera de Investigador Científico del Conicet. Hoy es ampliamente reconocida como investigadora adjunta.
Los 60 mil pesos del premio Bunge y Born piensa gastarlos en agrandar la casa. Para el familión.


***

A días de enterarse de su premio Ennis estaba en la sala de parto trayendo al mundo a Faustino, su cuarto hijo. Que ahora, dos meses y medio después, llora desde su cuarto compitiendo con Brahms y su canción de cuna.
A Ennis se le transforma la mirada turquesa. Se sobresalta. Quiere correr y alzar a su hijo. Pero antes cuenta una infidencia: la decisión final no está tomada. O eso prefiere sentir. Aunque sabe que es difícil, quiere sentir que, si se le ocurriera volver al hospital puede hacerlo. Dice que le gusta que la posibilidad exista. A mí me gusta que la posibilidad exista, dice.

Por Leonardo Blanco
[Artículo publicado en La Nación Revista en su edición del domingo 2 de noviembre de 2008 bajo el título "Confiar en el destino) Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1064143]
Foto: Daniel Pessah